jueves, 21 de mayo de 2015

El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy


El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

Autor: Dr. Gonzalo Báez-Camargo


El Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica pone al alcance de las congregaciones wesleyanas la republicación del discurso del erudito metodista mexicano Gonzalo Báez-Camargo, con el propósito de contribuir con el proceso de reflexión que vive actualmente esta gran parte del pueblo de Dios y volver a mirar los principales elementos de la identidad metodista.

Aunque este discurso fue pronunciado en 1953 a la juventud metodista de México, la capacidad de reflexión y síntesis de su autor lo hace actual y vigente para nuestros tiempos.
El libro se compone de seis capítulos que están disponibles en nuestro blog:

1. Un avivamiento evangélico. Ingrese a este enlace.
2. Entusiasmo racional. Ingrese a este enlace.
3. Espiritualidad ilustrada. Ingrese a este enlace.
4. Evangelismo revolucionario. Ingrese a este enlace.
5. Un ministerio laico. Ingrese a este enlace.
6. Disciplina democrática. Ingrese a este enlace.


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jueves, 14 de mayo de 2015

Cinco consejos de John Wesley para el canto en la iglesia


Consejos de Wesley para el canto en la iglesia



El Rev. John Wesley y su hermano, Charles Wesley, fundadores del movimiento metodista siempre reconocieron la importancia de la música en la prédica del evangelio. De hecho, Charles es uno de los más prolíficos y prestigiosos autores de himnos cristianos, muchos de los cuales se entonan hasta hoy en iglesias de todo el mundo. John Wesley también escribió acerca del tema. Hay todo un capítulo dentro de las Obras de Wesley: El poder de la música (9 de junio de 1779). Tomo IX. Espiritualidad e himnos. Notas al Nuevo Testamento. Y no es él único. Tiempo después escribió instrucciones sobre la forma como cantar en el culto para agradar al Señor.

¿Te has preguntado cómo cantar en la iglesia?


Reproducimos el texto de John Wesley:



Direcciones para el canto congregacional

Para que esta parte del culto sea más aceptable a Dios y de mayor provecho para ti y los demás, ten cuidado en observar las siguientes instrucciones: 

1. Canten todos. Procura reunirte con la congregación tan frecuentemente como te sea posible. No permitas que un poco de debilidad o cansancio te lo impida. Si tal cosa es una cruz para ti, tómala, y descubrirás que es una bendición.
2. Canta fuertemente y con vigor. No cantes como si estuvieras medio muerto o medio dormido. Levanta tu voz con fuerza. No tengas más temor de oír tu voz, ni más vergüenza de ser oído ahora, que cuando cantabas los cantos de Satanás.
3. Canta con modestia. No grites, como si quisieras sobresalir o distinguirte del resto de la congregación, para que no destruyas la armonía. Procuren todos unir sus voces a las del resto de la congregación para producir un sonido claro y melodioso.
4. Canta a tiempo. Cualquiera que sea el tiempo en que se cante, procura guardarlo, no te adelantes ni te atrases; sigue a las voces que guían y ve con su tiempo tanto como te sea posible. No cantes muy despacio. El arrastrar el tiempo es cosa natural en los vagos y ya es tiempo de que esa costumbre desaparezca de entre nosotros y de que cantemos todos nuestros himnos tal y como los cantábamos
al principio. 
5. Sobre todo, canta espiritualmente. Piensa en Dios en cada palabra que cantes. Que tu intención sea complacerlo a él antes que a ti mismo o a cualquiera otra criatura. Para lograr esto, pon mucha atención en el sentido de lo que cantas y cuida de que tu corazón no se envuelva demasiado con la melodía, sino ofrécelo a Dios continuamente, para que tu canto sea tal que el Señor pueda aprobarlo aquí y tú puedas recibir tu recompensa cuando venga de su gloria en las nubes.
(Tomado de Obras de Wesley. Tomo IX. Pag 241).

Puede descargar gratuitamente todas las Obras de Wesley desde la página web del Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica. Presione el siguiente botón:


Obras de Wesley: descarga gratuita


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lunes, 11 de mayo de 2015

Disciplina democrática

Identidad Wesleyana
Juan Wesley gobernó el movimiento metodista desde sus comienzos con dulzura y amor no exentos de firmeza y energía cuando se hicieron necesarias. Pero lo gobernó centralizando en su persona la autoridad para las decisiones finales. En términos francos, él era la autoridad suprema del metodismo naciente. Fue en cierto modo un dictador eclesiástico.

No obstante, siempre concibió esa autoridad prácticamente absoluta como una mera medida de emergencia. La oposición que encontraba el metodismo, por un lado,  por otro las apremiantes necesidades espirituales del movimiento, cuyas filas engrosaban de modo sorprendente, exigían rapidez de acción y una disciplina de lucha y de trabajo semejante a las requeridas en una campaña militar. Por esa razón Wesley asumió facultades de general en jefe y organizó a sus predicadores como oficiales, y a los metodistas todos como soldados. Estudiaba los problemas en oración y a la vista de la Palabra de Dios; buscaba también el consejo y las opiniones de sus hermanos, pero se reservaba siempre el derecho de tomar él la decisión final, y de hacerla ejecutar con prontitud y sin vacilaciones.

Pero sería un grave error histórico tildar a Wesley de espíritu autocrático y arbitrario. Nunca pensó que el metodismo se gobernara perpetuamente de la misma manera en que las circunstancias lo obligaron a él a gobernarlo. Y la prueba es que mucho antes de morir dispuso que tan pronto faltara él, el gobierno de las comunidades metodistas pasara plenamente a las Conferencias Anuales, las cuales se habrían de conducir como verdaderos parlamentos democráticos. El metodismo vino a ser, al fin y al cabo, en su misma esencia, un movimiento profundamente democrático.

La experiencia de Wesley en Aldersgate no fue solamente la conversión de una religión de justificación propia a una religión de libre gracia. Fue también la conversión de un sacerdotalismo rígido y de un orden jerárquico a una fe democrática y a un sistema popular. Con su Club de los Santos, Wesley había ensayado el método del rigor, de las disciplina tierra fría y árida, esperando que en ese clima floreciera una verdadera piedad. Fue el  mismo espíritu que llevó a su obra misionera de Georgia, y que lo hizo fracasar allí. En Aldersgate obtuvo un nuevo y profundo sentido de la dignidad y libertad de la persona humana, que no ha de gobernarse con simples actos de autoridad, ni puede desarrollarse en un clima de mandatos absolutos y rigorismos legales. Después de Aldersgate, Wesley supo combinar el orden con la democracia y la disciplina con la libertad.

Aunque era ministro anglicano, y hasta su muerto siguió siéndolo, Juan Wesley no estableció para su movimiento una jerarquía clerical de tipo monárquico. Solo estableció “superintendentes” que podían ordenar ministros; y esto último lo autorizó obligado por la renuencia de las autoridades anglicanas a dispensar la ordenación llamada “apostólica” a los predicadores metodistas. El episcopado metodista nació en los Estados Unidos, y su aparición se debió en gran parte al hecho de que dicha nación se había independizado de Inglaterra y el metodismo norteamericano quiso constituirse autónomo. Aún así, el episcopado metodista no ha sido nunca un rango autoritario y una casta jerárquica. Era todavía menos que una monarquía constitucional. Asbury y los obispos que le sucedieron, quisieron seguir siendo simples “superintendentes generales”, epískopos en el sentido neotestamentario de un sobreveedor, y no de una autoridad jerárquica.

El aliento democrático del metodismo brotaba de su hincapié en la libertad interior, que igual que cuando brotó la reforma del siglo XVI, fue el pivote esencial del movimiento. La “pasión por la justicia y la libertad interior fueron la esencia de la cruzada evangélica: “de ello no puede haber duda” dice J. W. Bready. Y son del propio Wesley, en sus Pensamientos Sobre la Esclavitud, las siguientes palabras que ondean como una magnífica bandera de emancipación: “Dad libertad a quien se debe libertad, esto es, a todo hijo de hombre, a todo participantes de la naturaleza humana. ¡Fuera con todos los látigos, todas las cadenas, todas las imposiciones!”.

No podía ser partidario de una autocracia eclesiástica, quien tanto insistía, como Wesley, en el libre albedrío humano. En la organización interna del movimiento metodista, los grupos denominados “clases” fueron verdaderos almácigos de una educación democrática. En aquellos grupos había oportunidad para el cambio de opiniones y la discusión. El director de clase era simplemente un hermano mayor. Y su carácter laico era una garantía contra cualquier intento de constituirse en jerarquía clerical con poderes omnímodos sobre la masa de los fieles. Las “clases” metodistas eran verdaderas células, no solamente para el crecimiento espiritual, sino también para la educación democrática de quienes las formaban. Con mucha razón dice Dobbs: “Un círculo de obreros o mecánicos, a quienes guiaba en el culto o en la conferencia uno perteneciente a sus propias filas, fue un gran paso para la democracia”.

Para Wesley y el metodismo original, la disciplina no es precisamente la afirmación de un principio de autoridad jerárquica o la institución de poderes autocráticos en quienes gobierna la Iglesia; la disciplina es cosa más bien de dominio propio, de autogobierno personal, de orden y eficiencia práctica para servir mejor a los intereses del Evangelio. Por eso el verdadero centro y base de la Disciplina Metodista, lo constituyen las reglas de disciplina y conducta personal, de carácter y comportamiento éticos, que Wesley aconsejó a los predicadores y a los fieles. Pretender hacer de la Disciplina una coraza de acero, una especie de Talmud estricto y autoritario, es falsear su verdadero espíritu y sentido.

El metodismo fue un movimiento de masas, el despertamiento del hombre del pueblo, del hombre común, a un nuevo sentido de dignidad e independencia espiritual. En tal virtud fue intensa y genuinamente democrático. Autorizados historiadores y sociólogos han llegado a la conclusión de que al metodismo se debe el aliento que animó a ese ejemplo de democracias que es la democracia inglesa. Mientras el pueblo de Francia se lanzaba por cauces de violencia a una revolución de terror y guillotina, en Inglaterra, merced en gran parte a la inspiración del avivamiento metodista, la revolución del pueblo asumió la forma de una pacífica pero profunda transformación política, social, económica, moral y espiritual.

El metodismo realizó solo con una base espiritual y hondo contenido ético, las divisas de la Francia revolucionaria: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. La religión fue, en el metodismo, “una religión del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” (Bready). Ningún despotismo, civil o eclesiástico, es compatible con el genio y espíritu del metodismo. Porque desde sus principios, el metodismo fue una democracia disciplinada y una disciplina democrática.

Palabra final
Que el metodismo mantenga su tradición de avivamiento evangélico, entusiasmo racional, espiritualidad ilustrada, evangelismo revolucionario, ministerio laico y disciplina democrática: tal es el reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy.

Mejor dicho, el reto de Cristo, porque Wesley no fue más que el profeta de una época, mediante quien Jesucristo nuestro Señor hizo llegar al mundo de entonces su ardiente llamamiento a una renovación espiritual. Responder a este llamado de Cristo, será, pues, la mejor manera como el metodismo mexicano puede conmemorar la epopeya religiosa iniciada por Wesley en obediencia a la voz celestial.

Fragmento (6 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.


También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.
Quinta entrega: Un ministerio laico.


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Si usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:


lunes, 4 de mayo de 2015

Un ministerio Laico

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

identidad metodista: un ministerio laico
Fue providencial que el clero de la Iglesia Anglicana, a que Juan Wesley perteneció hasta su muerte, se mostrase hostil al movimiento metodista. Así nació una de las instituciones más características de esta: EL MINISTERIO LAICO.

Sabido es que en los planes originales del reformador no figuraba la creación de una nueva denominación o iglesia parte. Había querido en un principio que el avivamiento, cuyas oleadas de fuego estaban incendiando a toda Inglaterra, viniera a constituir una especia de ORDEN LAICO dentro de la Iglesia oficial. Los primeros núcleos metodistas se llamaron, por esa razón, simplemente SOCIEDADES. Para ministrarles los sacramentos, la predicación de la Palabra, y los demás “medios de gracia”, Wesley contaba con que un número suficiente de ministros ordenados perteneciente al clero anglicano, se unirían al movimiento.

Pero no fue así. No solo el ministerio anglicano se abstuvo, en general, de unirse con el metodismo, sino que lanzó contra este una encarnizada ofensiva desde los púlpitos y los cabildos. Al propio Wesley, no obstante sus órdenes legítimas, según el anglicanismo, se le cerraron los templos y los púlpitos. Y sin embargo, a medida que el movimiento crecía, con la fuerza de un torrente en empinado declive, y se engrosaban las multitudes ávidas de nutrición espiritual, más agudo se hacía el problema de contar con un número también creciente de ministros que pudieran eficazmente pastorearlas.

Por algún tiempo, Juan Wesley no pudo hallar la solución. Educado dentro de los cánones estrictos de la Iglesia Anglicana, se aferraba a dos normas en cuanto al ministerio: 1ra. Que solo los que hubieran recibido las órdenes eclesiásticas podían ministrar espiritualmente al pueblo. 2da. Que únicamente los obispos que estaban dentro de la “sucesión apostólica” podían conferir órdenes ministeriales válidas. Con este criterio, el reformador se hallaba en un callejón sin salida; le faltaban cada vez más ministros; los ministros ordenados que se le unían eran escasísimos; los obispos anglicanos se negaban a ordenar candidatos metodistas al ministerio. ¿Qué hacer?

Cuando Dios le envió la solución, Wesley no pudo reconocerla en un principio, y hasta la rechazó escandalizado. Entre los numerosos convertidos de Bristol, había un artesano casi iletrado, Tomás Maxfield, a quien, como a otros, el reformador había encomendado leer la Biblia acompañando algunas explicaciones elementales, a las sociedades, pero con la advertencia precisa de que no intentara predicar, función –según criterio aludido- exclusiva de los eclesiásticos.

Pues bien, llevado de su celo, Maxfield se echó a predicar. Y su predicación estaba henchida de poder. Pero a Wesley le disgustó aquel atrevimiento: “¡Tomás Maxfield ha resultado predicador!” Fue Susana, la madre de Juan, quien a esta exclamación respondió con un consejo histórico. No obstante que ella misma estaba imbuida de las normas anglicanas, su intuición de mujer de alta espiritualidad, la puso por encima de todo rigorismo eclesiástico: “Juan –le respondió- tú sabes cuál ha sido mi modo de sentir. No puedes sospechar que yo esté dispuesta a favorecer, sin más ni más, ninguna cosa de esa especie. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven, porque Dios lo ha llamado a predicar tan seguramente como te ha llamado a ti. Considera cuáles hayan sido los frutos de su predicación y escúchalo personalmente”. Juan fue a oír al flamante predicador y no pudo menos que exclamar: “¡Esto es cosa del Señor! Haga El lo que a El bien le pareciere”.

Aquel día de 1742, nació el ministerio laico metodista. Tras Maxfield, vinieron otros por decenas y luego por centenares. Vencidos sus escrúpulos, Wesley los comisionaba a predicar. Artesanos, campesinos, profesionistas, sin abandonar sus medios de sustento, primero fueron formando las heroicas brigadas de ministros laicos. Por otra parte, Wesley había organizado las sociedades en CLASES o grupos, cada uno al cuidado de un director laico que ejercía con respeto a aquel puñado de almas, casi todas las funciones de un pastor auxiliar. Unos y otros fueron los adalides del metodismo, a cuyos esfuerzos abnegados y persistentes se debió en gran parte la rápida difusión del movimiento.

Y así se recuperó un aspecto olvidado y soterrado del primitivo cristianismo: el de haber sido ante todo y sobre todo un movimiento laico, dirigido por laicos. Un movimiento sin vallas jerárquicas, sin clero o casta sacerdotal, sin burocracias eclesiásticas. Un movimiento en que todo creyente recibía por ministerio del Espíritu Santo, órdenes sagradas de testigo y anunciador del Evangelio. Un movimiento en que, si bien había, como debe haber, diversidad de dones y por tanto de ministerios, no se establecían distinciones llamando a unas “profanas” y a otras “sagradas”, cuando la vida del creyente se había consagrado a su Señor. Un movimiento, en fin, que tiene por Cabeza a Quien fue, conforma a la carne, un artesano de provincia y de quien se dice (Heb 8:4) que “si estuviese sobre la tierra, ni aún sería sacerdote”. Pues su “sacerdocio inmutable” era un sacerdocio espiritual del cual El se digna hacer partícipes, y al cual El llama, a todos y cada uno de los que creen en El y lo siguen.

Así, con su ministerio laico, el metodismo sacó de nuevo a luz, y encarnó dramáticamente la verdad evangélica de que todas las vocaciones pueden ser sagradas. Pues no es la índole del oficio o profesión lo que los constituye en “profanos” o “sagrados”, sino la calidad de vida de quien los ejerce, la medida de su entrega al servicio (“ministerio” quiere decir “servicio”) de su Salvador. Y cuando, cualquiera que sea el campo particular de servicio a que El llama, son de El las órdenes que se reciben, esas órdenes son indiscutiblemente ÓRDENES SAGRADAS.

Esto, por supuesto, de ningún modo anula la necesidad de que exista un ministerio más específico, para el desempeño de funciones más concretas, desde el punto de vista de la organización, gobierno y disciplina institucionales. Un ministerio cuya señal e investidura es la ceremonia de la ordenación eclesiástica propiamente dicha, y del cual se espera la dedicación total de su tiempo a las labores de la predicación, la administración de los sacramentos y el pastoreo de las almas, y al cual le están vedados los trabajos y negocios seculares. La Iglesia los aparta para el cumplimiento exclusivo de esa comisión y para ello provee a su sostén material.

Pero este ministerio específico no constituye clase o casta por separado. Mucho menos otorga en sí mismo, aparte de la calidad de vida, fidelidad y consagración personales de quien lo profesa, ninguna superioridad, privilegio o procedencia en el reino de los cielos. No confiere más honra que la de Dios otorga a quienes en esa u otra profesión lo honren a El primero, y de ese modo honren el ministerio, y honrándolo, se honren a sí mismos. Recibe credenciales que le son necesarias para fines de organización aquí en la tierra, pero no son esas las credenciales que le servirán de “pase” cuando haya de comparecerse ante la presencia del Señor. Ya San Pablo lo definió de una vez por todas: “Y hay repartimiento de MINISTERIOS; mas el mismo Señor es” y la cuestión de las jerarquías y las categorías, el propio Señor Jesús la decidió con palabras que no serán revocadas: “Si alguno quiere ser el primero, sea el postrero de todos y el servidor de todos”.

Fragmento (5 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.

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